miércoles, 27 de febrero de 2008

Anibal en la panadería

La verdad es que llega el momento en que descubres en ese gesto tan cotidiano una manera de ser y estar en el mundo. Son mujeres de mediana edad o más vencidas (de años) por el tiempo. Suelen estar siempre antes que tú a la hora de comprar su barra de pan o su cuarta de fiambre. Pongamos que ahora es una panadería. Sábado en la mañana. Tú has dejado al perro afuera oliendo bordillos y goma de neumáticos, la cadena arrastrándose sobre el empedrado sucio de enero. Sólo pretendes comprar el pan y salir. Algo que debería llevarte tan solo unos segundos se convierte en una pesadilla de dimensiones inusuales si al entrar ya has visto que una, a veces dos o tres de esas señoras están delante de ti. Haces un cálculo rápido que nunca se cumple. Miras a través de la puerta acristalada deseoso de mantener la visión de tu perro todo el tiempo. Ruegas por que así sea y no tengas que salir corriendo tras él. De modo que esperas pacientemente tu turno, pero la señora que está siendo atendida quiere de pronto más cosas, también una bolsa de esas rosquillas cortas tan buenas que me llevé la semana pasada y que tanto gustaron a mi madre y a Juan, (y quién será ese Juan, piensas de manera mecánica. Aunque puestos tampoco conoces a la madre, ni siquiera a la que pide) no, de las largas anisadas, no. Y ponme una cuarta de salado variado. De esta bandeja que está llena. Y también ponme de esas empanadillas porque luego tendré hambre y hoy viene mi nuera a casa, y a mi hijo el casado le gusta mucho el dulce, así que una cuarta de esta otra bandeja para que puedan elegir. Sí, de crema también.

Me refiero a que dan explicaciones que nadie les ha pedido. Violan continuamente la intimidad de los hechos cotidianos sin el menor pudor. Y lo que es peor es que te lo imponen (sin tú quererlo). Te miran de reojo buscando complicidad, como si lo que están contando fuera además de interesante, meritorio y digno de alabanza. Se sienten frustradas si nadie apostilla nada porque es como si perdieran la ocasión de entrar en mayores detalles, aunque el fin último sea hablar del tiempo que viene o de las monedas del euro que tanto cuesta reconocer. Lo cierto es que yo me siento perdido entre tan aparatosa felicidad, sin poder desprenderme de los lugares comunes, y me repito a mí mismo que no tienen sentido alguno del ridículo ni de la necesaria proporcionalidad de los gestos, que son rústicas a rabiar y genuinamente populares cuando airean esas cosas.

Tú miras a otro lado un tanto desmoralizado e irritado porque sabes que va para largo y tu perro empieza a inquietarse, a no encontrar divertida tu tardanza, a pensar en darse el piro en busca de olores más recientes. Ahora la señora está diciendo que la barra de pan no está demasiado cocida, y que pobrecita tú, como te mareamos, mientras la toca, la manosea y estruja y hace que le den la tercera, esa no, esa otra tampoco, aquella más tostadita, sí, pan de pueblo, por supuesto. Son minutos interminables donde las otras mujeres se mueven y agitan sin disimulo rondando el mostrador o (en busca de la primera línea) ya en primera línea sabedoras de que su turno llegará y podrán hacer (su puesta de largo de manera) algo parecido.

A veces surge de un comentario banal toda una cadena de acontecimientos y opiniones, todo un debate sobre hijos, maridos, sueldos, trabajos, vacaciones. Y si el lunes es puente escolar por la fiesta del martes, como este martes que es San Vicente, basta que alguien en su inocencia pregunte si habrá pan ese lunes para que surja uno de los temas favoritos al que se adhiere la propia panadera. Claro que habrá pan, sólo hacen puente en los colegios. Sigue habiendo una tendencia generalizada a llamar colegio a los centros escolares, eso incluye a los Institutos mismos. Sí, es la mejor vida esa, con tantas vacaciones. Los maestros sí que viven bien. Porque los maestros son todos los profesores como los colegios son todos los centros educativos y porque ya no se trata de los pobrecitos niños sino de los vagos y festivos maestros que no hacen nada y siempre se les ve paseando por la calle, a veces con sus perros. Son muy dispares los sitios donde estos acontecimientos se repiten una y otra vez. (Usted puede elegir la cola en una carnicería o en una pescadería) Si el establecimiento dispone de sillas parecería que algunas de aquellas mujeres fueran a instalarse de por vida allí mismo. Llevan ya sus bolsas de compra, o acaban de meterlas en sus carritos con ruedas que dificultan el paso a las demás personas y anuncian una docena de veces que (ahora) van al mercado pero nunca terminan de hacerlo. Cuando eso suceda volverán a coincidir con otras fraternales hermanas en los puestos de siempre y harán tertulia y repetirán lo mismo y todos sabremos quién va a comer a sus casas ese día, o sus hábitos de media tarde cuando le dan al dulce o al salado, y hasta los programas de televisión a los que prestarán atención antes de desvelarse en la noche, picotear algo, ojear las revistas tal y cual y seguramente oír la radio hasta que haya que volver a bajar a la tienda. Pongamos que a la panadería. Aunque esta vez el” problema” que tiene mi Pedro y hasta yo misma es la “visícula” y el médico que es muy joven me ha recetao unas píldoras que….